A Can Vilanova llegué tras recorrer toda la orilla norte del Pantà de Boadella. La zona es muy rica en bruc, ginesta, cap d’ase, y madroños, a parte de las ya habituales estepas, farigola y romero. Tras pasar el desvío de La Central la carretera se adentra en lo que parece una enorme península, que al sur bordea con el Espai d’interès natural dels Penyassegats de la Muga. La zona está muy poco habitada.
La “masovera” de Can Vilanova, se llama Marina y es una mujer enormemente sensible al flujo energético. Conoce varias técnicas chamánicas y recolecta aguas sagradas de todos los rincones del mundo. Nadie mejor que ella para orientarme con lo de las fuentes y los manantiales de la zona. Me aseguró que no fué ella quien decidió quedarse allí, donde vive sola y aislada con un enorme perro de pelo blanco, sino que fué la casa que la invitó a venir. Efectivamente, la casa está construida sobre una veta de cuarzo, que une un menhir, a pocos metros de la casa al sur y un dolmen en la otra orilla del lago, al norte. Yo tuve la poca delicadeza de aparcar justo encima de esa veta de cuarzo, pero no pareció molestarle. Me contó que acababa de llegar de las Azores, donde, me decía, civilizaciones arcanas habían construido un artilugio que re-botaba la energía proveniente de América del Sur hacia Europa y Oriente. Como una especie de espejo o algo así, que facilitaba la circulación energética de la tierra.Intenté no juzgar nada.