Una de las inversiones necesarias para comenzar a trabajar era encontrar un buen vehículo. Suficientemente grande como para poder llevar, en el futuro, a la cuadrilla de recolección ( 4 o 6 personas), y con capacidad de carga para la planta. También me tenía que llevar sin problemas a rincones de difícil acceso, sobretodo en la primera fase de prospección del terreno. La verdad es que en mi cabeza, el coche ideal era un Land Rover de los de antes. Siempre me ha gustado su diseño rústico de una pieza y sin duda ha sido, desde que recuerdo, el coche de trabajo de la gente de campo ( y de los guardias civiles). Pero no quería tomar una decisión así basándome en cuestiones melancólico-bucólicas. Necesitaba un buen coche y punto. Estuve buscando en el mercado de segunda mano un buen todoterreno con enganche para remolque. Probé de todo: Nissan patrol, Mitsubishi Pajero, Toyota Land Cruiser, Opel Frontera…pero como suele pasar uno acaba siempre con la idea original y apareció un Land Rover Defender de 9 plazas, en muy buen estado y mejor precio que además llevaba una vaca africana con escalera, muy útil para la carga. Fuí a probarlo a Vic. No había duda, era el coche. Negocié el precio y sellamos el trato ahí mismo.
Desde entonces, ha sido mi mejor compañero de trabajo. Me ha acercado a rincones inaccesibles, ha cargado con el resultado de los muestreos, herramientas, leña y recolecciones varias. Su ruidoso motor diesel, y la vibración de su carrocería pesada lo convierten en un personaje tosco y entrañable que mis hijos han bautizado como Rovert. Cuando lo conduzco, de madrugada, llegando a los puntos de exploración en la Albera, o en el Parque Natural del Cap de Creus lo siento como si fuera un viejo socio, lleno de experiencia que, en la retaguardia, me diera el valor y la confianza necesarias como para tirar el proyecto adelante.