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Can Vilanova i el veinat d’Arnera

Lunes 4 Abril, 2016

A Can Vilanova llegué tras recorrer toda la orilla norte del Pantà de Boadella. La zona es muy rica en bruc, ginesta, cap d’ase, y madroños, a parte de las ya habituales estepas, farigola y romero. Tras pasar el desvío de La Central la carretera se adentra en lo que parece una enorme península, que al sur bordea con el Espai d’interès natural dels Penyassegats de la Muga. La zona está muy poco habitada.

La “masovera” de Can Vilanova, se llama Marina y es una mujer enormemente sensible al flujo energético. Conoce varias técnicas chamánicas y recolecta aguas sagradas de todos los rincones del mundo. Nadie mejor que ella para orientarme con lo de las fuentes y los manantiales de la zona. Me aseguró que no fué ella quien decidió quedarse allí, donde vive sola y aislada con un enorme perro de pelo blanco, sino que fué la casa que la invitó a venir. Efectivamente, la casa está construida sobre una veta de cuarzo, que une un menhir, a pocos metros de la casa al sur y un dolmen en la otra orilla del lago, al norte. Yo tuve la poca delicadeza de aparcar justo encima de esa veta de cuarzo, pero no pareció molestarle. Me contó que acababa de llegar de las Azores, donde, me decía, civilizaciones arcanas habían construido un artilugio que re-botaba la energía proveniente de América del Sur hacia Europa y Oriente. Como una especie de espejo o algo así, que facilitaba la circulación energética de la tierra.Intenté no juzgar nada.

Estuvimos un rato hablando, sentados en el suelo, frente a la casa. Hablaba despacio, sin ninguna intención de convencerme o de impresionarme, mientras oteaba el horizonte con unos ojos vivisimos.

Me dijo algo que me sorprendió. Cuando le pregunté por lo que debíamos hacer para acercarnos a la naturaleza, me contestó: - Es muy sencillo. Hay que estar en ella. Aunque sea un rato, mientras te tomas un bocadillo, te apartas, te sientas en la yerba y estas. Eso puede bastar, pero hay que tomarse ese tiempo. Hay cada vez más gente que lo quiere y lo busca. Algo está cambiando.

Después me dijo: - Nos creemos capaces de cargarnos el planeta. Pero no es más que otra de nuestras bravuconadas. La tierra nunca ha tenido tanta energía, y nosotros no seremos ni la primera ni la última civilización que desaparezca. Si somos perjudiciales para la tierra, esta encontrará la manera de sacudirsenos de encima.

No está nada mal para una conversación de apenas 30 minutos. Al despedirse, me regaló un pote con aguas sagradas de todo el mundo, del Perú, México, Azores, Inglaterra, India, Egipto, Tibet y muchos más que no recuerdo.

- El agua te la regalo pero si conoces a alguien que tenga el alma enferma, son 40 €.

No me sorprendió. Sonreí. Ella también. De energía no se vive.

Un poco más adelante, siguiendo la pista encontré unos prados abandonados que estaban cubiertos de un manto violeta. Parecía una enorme plantación de lavanda, pero eran matas de Cap d’Ase silvestres. Nunca había visto algo así. No pasé por alto la coincidencia. Hice una recolección abundante, aunque no quise abusar, esperando volver con Sandra, la bióloga, a este paraíso aromático.